A lo largo de la vida, por múltiples motivos, a casi tod@s nos llegará ese momento en que nos preguntaremos “qué me pasa”. Nos encontraremos sintiendo un miedo inexplicable, rabia, frustración… o por el contrario, una euforia desconocida hasta entonces. Quizá un día nos levantemos de la cama con una angustia que no nos deja respirar o una apatía que nos impide ponernos en marcha. Tal vez un sentimiento de soledad, de vacío, de injusticia, de desesperanza y de incomprensión que nos provoca un pellizco en el estómago y nos seca la garganta. Sí, el día menos pensado nos hallaremos temblando y con el corazón acelerado ante un conflicto con nosotr@s mism@s, con nuestra pareja o con cualquier otra persona. Sentiremos un dolor que no es exactamente físico pero nos hace sufrir. Unos síntomas, unas sensaciones extrañas de difícil explicación que nos producen mucho malestar, que nos afectan en las relaciones con los demás o dificultan de manera significativa las actividades de la vida cotidiana. Habíamos oído hablar de ansiedad, ataques de pánico, depresión, conflictos de pareja, trastornos de la personalidad, estrés, dificultades en las relaciones sexuales, etc., y también de ciertos comportamientos que interfieren en las vidas de las personas, como por ejemplo las adicciones (alcohol, drogas, etc.) los referidos a la alimentación (anorexia nerviosa, bulimia, etc.). Resumiendo, las circunstancias que llevan a una persona a solicitar ayuda profesional son diversas y complejas, y el día menos pensado nos encontraremos de frente con alguna de ellas. Llegado este punto, ¿qué hacer?